|
CRÓNICA SOBRE LA CULTURA DE
LAS PROVINCIAS
LA PAZ - ENTRE RIOS
Rumores a orillas del Paraná
TEXTO HECTOR PAVON . FOTOS: FERNANDO DE LA ORDEN

La
ciudad de La Paz guarda las historias de quienes llegan en busca de
tranquilidad y de los que se alejan hacia nuevos horizontes. Por sus
calles conviven el último representante del oficio de
palanquero y
motos que imponen el ruido de la modernidad. Como con la leyenda de su
propio clan Kennedy, héroes para unos y verdugos para otros,
aquí la
cultura despliega varias versiones.
Primero fueron las
campanadas de la iglesia, después los tacos que veredeaban
desacostumbrados, luego los descorches esperados, finalmente los
aplausos. Eran las nueve de una noche de sábado plena de
ansiedad en La
Paz, Entre Ríos, y esos sonidos prenunciaban una
aparición, un
espectáculo, un mundo poco frecuentado a punto de brillar.
La calidez
invernal que sorpresivamente llegó en agosto
cambió los vestuarios
largamente ensayados y trajo damas con vestidos y chalinas de hilo,
señores con sacos de verano, jóvenes en mangas de
camisa prolijamente
arremangadas y un conglomerado de artistas de Buenos Aires en remeras,
jeans y zapatillas. Así se inauguraba Las Galas del
Río, fiesta íntima
y pública donde el arte, la música, la
literatura, el humor, la
naturaleza, el gusto tuvieron su encuentro hechizante con un grupo de
personas que se hacen felices a sí mismos organizando un
evento
cultural como nunca hubo en un lugar así; como probablemente
vuelva a
producirse en 2010.
En este punto del mapa entrerriano
llamado La Paz conviven pueblos y ciudades, presentes y pasados. Los
que son, los que persisten, los que vislumbran el futuro y los que ya
perecieron, los que fueron aplastados por el paso del tiempo y las
manos de muchos hombres. Aunque nadie se pone de acuerdo para definir
la cantidad de habitantes, los folletos que la promocionan como ciudad
que “mejora tu calidad de vida” dicen que
aquí viven 27 mil personas
que miran al río Paraná.
Cuántas veces vimos un atardecer y
nos pareció bonito, cuántas veces nos
pareció un lugar común, una
postal repetida. Sin embargo, el crepúsculo que llegaba a
las 7 de la
tarde del mismo sábado decoraba una escena conocida pero
intensa, pero
con aires y protagonistas contrastantes. La novedad la provocaban las
tres figuras recortadas vestidas de negro, blanco y rojo que
detenían
los últimos rayos de sol de ese atardecer que, nuevamente,
fue único.
Perros
inquietos pero amigables nos ladraban. Pero otros sonidos
surgían de la
flauta de Mónica Taragano, de la guitarra de Pablo
Márquez observados
por el pianista Ezequiel Spucches (sin piano, claro). Todos posaban en
la terraza de un restaurante que da al río y que a esas
horas de la
casi noche estaba deshabitado salvo por los millones de jejenes que nos
atacaban como si fuéramos un aperitivo
mesopotámico. En todo caso,
disfrutaban la piel de tres músicos por demás
interesantes que lejos de
una cuestión azarosa estaban en este rincón del
mundo que muchos
desconocen. Los tres conforman Almaviva un grupo de música
de cámara
latinoamericana con acento francés. Spucches y Taragano
viven en
Francia y Márquez, en Suiza.
Ezequiel camina por la plaza del
pueblo y su recorrido es moroso. A cada paso surge un vecino que lo
conoció cuando era bebé, otro que lo vio tocar el
piano en la escuela
primaria, alguien lo detiene para preguntarle por sus padres, por el
piano, por el éxito, por cómo se vive en
París... Quieren saber si
extraña, si vuelve seguido a La Paz, si toma mate, si come
asado en
Francia, si es verdad que Carla Bruni.... Ezequiel nació
hace 36 años
en La Paz, hace doce que vive en París, previa experiencia
de formación
musical en Rusia. Y pese a que empezó a estudiar
“tarde”, recién a los
10 años, se las ingenió para convertirse en un
pianista estupendo. En
su infancia había un piano de su abuelo, un pianista de
tango,
contrabajista y director de orquesta fallecido antes de la
consagración. Ezequiel dice que no se preocupó en
estudiar antes de los
10 años como bien lo pueden hacer los rusos, chinos, muchos
europeos
que antes de dejar la cuna ya saben tocar la Sonata en Si Menor de
Liszt. “Las cosas pasan muy despacio acá en La Paz
–insiste con
delicadeza y un raro acento que mezcla las r arrastradas del
francés y
las aspiradas del entrerriano–, no hay urgencia de nada.
Cuando tenía
14 vino la orquesta sinfónica de Entre Ríos a La
Paz y yo quedé
alucinado, pude hablar con músicos y uno de ellos me dijo
sin vueltas:
‘si querés ser profesional de la
música, tenés que apurarte, no se
puede esperar a los 18 para ver qué hacemos’.
Entonces comencé a
estudiar en Paraná. Iba dos veces por semana. Me levantaba a
las 5 de
la mañana para repasar, después ir a la escuela,
y al mediodía ir a
Paraná. Desde 2005 vine todos los años con
Almaviva o con el cantante
francés Jacques Haurogné, y fue en esos
conciertos que comenzamos a ver
que este era un lindo lugar para un festival. Hay sed de este tipo de
cosas, todo eso nos da energía y ganas de seguir”.
Mónica Taragano
se acomoda una vez más el pelo rebelde que cae sobre su
rostro
inmaculado y saca de su flauta los sonidos de bosque alpino que lleva
dentro. Sin mover un músculo de su cara, dice que la sala de
la
Biblioteca tiene la acústica del Colón.
Nació en Buenos Aires, pero
diversas músicas la llevaron por rutas francesas para
convertirse en
una exquisita intérprete. Pablo Márquez es un
poco tímido, su guitarra,
no. Nació en Salta, ha trabajado con los músicos
extraordinarios y
desde 2005 enseña en la Musik-Akademie de Basilea. Ellos son
las
estrellas internacionales de La Paz.
La
primera mención a este pedazo de territorio entrerriano la
hizo Fray
Pedro José de Parras en el siglo XVIII al bautizarlo
Atracadero Cabayú
Cuatiá. A mediados del siglo XIX, el gobernador
León Solá dispuso la
construcción de un puerto y el trazado de un pueblo en
Cabayú Cuatiá.
Fue el 13 de julio de 1835 cuando el gobernador Pascual
Echagüe decretó
que ese lugar se llamaría La Paz, bajo la
advocación de Nuestra Señora
de La Paz. En 1843, bajo la gobernación de Justo
José de Urquiza, se
crean los cargos de alcalde y receptor de La Paz.
Alguien
encontró termas y hoy son paso necesario para conocer la
ciudad y
disfrutar de las aguas de origen marino, surgentes con temperatura de
42°, saladas plenas de sulfato, calcio, magnesio, estroncio,
una mezcla
sanadora, curadora, desestresantes donde se puede flotar
indefinidamente. La mente descansa, el cuerpo agradece, paz en la
tierra.
Después del relax, ceno con mi compañero de ruta,
el
fotógrafo Fernando de la Orden, en la terraza sobre el
río donde vimos
atardecer, ahora ya sin jejenes. Pedimos surubí y nos dicen
que no hay,
porque se pesca poco por la predación que está
sufriendo el Paraná a
esa altura y que no se consigue el preciado surubí. Me
sirven boga a la
parrilla y me conformo con altura gastronómica. Desde hace
algún tiempo
La Paz padece las consecuencias de algunos vándalos que se
llevan los
mejores peces. Furtivos, depredadores con redes del tipo
“mallas de
tres hilos”, prohibidas, arrasan con todo lo que encuentran
en el río.
Se han llevado toneladas diarias de peces. Dicen que trabajan para
frigoríficos correntinos, o sanfesinos, o de alguna
provincia cercana,
poco importa la procedencia. Los paceños dicen que han
arruinado el río
porque se han llevado peces jóvenes, chicos, de dos kilos
aproximadamente, que no pudieron cumplir con el ciclo y que no han
puesto huevos para reproducirse. La depredación ha ocurrido
en
Corrientes y en varias localidades de Entre Ríos y de este
modo el río
ha quedado violentamente vacío o por lo menos despoblado.
Pero la falta
de peces también se debe, acusan, a las decenas de represas
que operan
en Brasil y que con el cambio de las corrientes han confundido,
desorientado a los surubíes, dorados que no saben ya
dónde poner sus
huevos y así se pierde la descendencia. Antes era posible
pescar
ejemplares de 15, 20 kilos y hoy eso es imposible, en todo caso
excepcional. Yo ya no salgo a pescar, explica Eduardo Lawrie,
médico,
radical y hombre de campo, de origen escocés. Ya no tengo
tiempo ni
ganas porque salgo a al río y no pesco nada, dice mientras
sopla un
viento caliente que agita las llamas del asado que un pintor o un
escultor colegas de su hija Kiki está preparando.
Por la tarde
del sábado los artistas plásticos montaban una
muestra en los salones
que la ciudad les brindaba: una concesionaria de autos, la casa de la
cultura de la municipalidad, las vidrieras de los negocios que
circundan la plaza. Kiki Lawrie está al mando de una
avanzada de
artistas locales, de Buenos Aires y Mar del Plata. Se preparan para
destapar vinos en la inauguración inminente dentro de las
actividades
de las Galas.
Kiki nació en La Paz, trabaja en Buenos Aires y se
proyecta hacia el mundo todo. Ha desarrollado una carrera notable.
Entre otros trabajos, ha realizado una serie de obras sobre, y con,
vestidos muy conocida que, en algunos casos, incluyen retazos del
vestido de la novia de la abuela que se guardaban en la casa de la
estancia familiar. En La Paz, Kiki cambia el aire de sus pulmones y se
revitaliza antes de volver a Buenos Aires.
Algunos de sus alumnos
y colegas la han acompañado en este recorrido desintoxicador
para
exponer y dar talleres y clínicas de arte durante la semana
que duraron
las Galas. Artistas como Gerardo Feldstein; Maria Begalli; Laura Tecce;
Victoria Graglia; Carol De Jong, Susana de Pamphilis, Federico
Platener, Felipe Giménez caminaron la ciudad y la pintaron.
Compartieron con chicos de las escuelas la idea de que es posible
trasformar un lienzo, una hoja, una madera, una piedra, una vida...
Giménez , por ejemplo, se dedicó a encuestar a
chicos y grandes para
preguntarles por frases familiares que los hayan marcado intensamente.
Risueño y realista arroja una frase inquietante:
“La ciudad te licua el
prestigio”. La opción es... ¿volver a
la naturaleza?

El museo
regional Alicia González Castrillon exalta la historia
paceña.
Guarda parte del palo mayor de la corbeta Constitución de la
flota José
Garibaldi que combatió con la escuadra del almirante Brown
en 1842. Con
orgullo y con algo de secreto me muestran un supuesto estradivarius,
restos arqueológicos indígenas,
fotografías, pinturas, armas, banderas
de Urquiza, monedas. Allí atiende algunas horas el artesano
Ricardo
Fleitas de 54 años. A los 8 años
aprendió a domar el cuero y adquirió
todo tipo de destrezas para hacer rebenques, cintos, bozales, frenos,
cabezales de caballo, adornos. Mientras cuidaba ovejas
esculpía el
cuero. Con el tiempo sus creaciones se empezaron a exponer y hasta las
ha mostrado en el moderno Palermo. Pero no se conformó.
Ahora dibuja,
pinta y allí lleva todas sus inspiraciones. Sueña
despierto. La pintura
le ha hecho replantear la vocación artística, el
gusto, el placer.
Un
grito cruza el silencio de la mañana del domingo. El
vendedor de
pescado, un capricho colonial, un extravío del tiempo,
camina el pueblo
con un palo en el hombro de donde cuelga una boga de unos 15 kilos y
dos surubíes pequeños. El que grita
“pescadoooo” se llama Ramón Horacio
Galván, tiene 50 años, cuatro hijos y 20
hermanos. Vende pescado en
forma ambulante desde los 7 años. El hombre es conocido como
el
palanquero porque palanca se llama el palo. En realidad lo llaman
“el
último palanquero”, alguien dice que ya nadie
vende el pescado de ese
modo en ningún rincón de la provincia. Para el
verano tiene una
bicicleta con una especie de freezer portátil. La palanca
tiene nombre:
“24 de enero”, día de la patrona de La
Paz. ¿Y el río? “Ah... el
río.... es mi vida. No puedo estar un día sin ir
al puerto, sin ver el
agua”. Navegar... andar... recorrer. Todo es preciso.
Galván tiene
mejores recuerdos de su época de
“gurí” cuando veía
surubíes de 60
kilos y soñaba ser palanquero para vender sábalos
por dos pesos. “No
tenía 10 años cuando ya llevaba por primera vez
una palanca “delantal y
gorro blanco, una alegría tremenda y así
conocí muchos pueblos, parajes
de 100, 200 personas donde llevaba pescados”. Esos pescados a
veces
eran su almuerzo cuando improvisaba un horno haciendo un agujero en la
tierra arcillosa y cocinaba en una lata de membrillo, de dulce de
batata, “fuimos artesanos, cocinábamos para
subsistir, cuidábamos los
recursos naturales. Si tenías un kilo de arroz, otro de
polenta, yerba
y azúcar, no necesitabas más en la
vida”. Así, en esas andadas por
caminos colorados conoció al músico, compositor,
poeta, pintor y
educador y preservador del folclore, en especial de la chamarrita, don
Linares Cardozo. Fue el cebador de mate oficial del prócer
entrerriano.
Foto editada por venitealapaz.com.ar
Este
músico emblemático de la provincia
eligió La Paz para que lo entierren.
El cementerio es un campo que mira al río, las tumbas
están rodeadas de
verde. Y allí bajo un timbú blanco
están los restos de don Linares
Cardozo, un símbolo entrerriano que eligió ese
lugar, y ese árbol para
que allí lo sepultaran. “Canción de
cuna costera” y “Soy entrerriano”
son suyas, son sinónimos de entrerrianidad. Hugo
Gómez es quien me
cuenta la vida de Cardozo, plena de anécdotas y elogios para
el padre
de la tradición músical de la provincia. Un
orgullo, me dice y me
señala otra tumba, la del acordeonista Ramón
Santich, que pidió que lo
pusieran cerca de su amigo admirado y también escuchado.
Cada
sábado a la noche la calle principal del puerto se trasforma
en una
gran pista donde nadie baila. Autos nuevos, usados, reformados, con
escape retocado, relucientes, opacos, coloridos, blancos, negros se
acumulan de un lado y del otro. Auto de por medio exhiben parlantes
más
grandes que los propios autos. El volumen mata todo lo que camine por
esa calle. Cumbia y reggaeton. No es posible conversar, creo, pero los
movimientos corporales de chicos y chicas dicen lo contrario, de todos
modos se comunican. Las chicas en chupines y los chicos con camisas
sueltas. El calor persistente provoca una noche tropical a orillas de
las grúas y los “patitos”, agentes de
prefectura, se entretienen
mirando las formas de los chupines. Los mayorcitos llegan con bolsas de
supermercados a reventar: fernet, coca, cóctel nacional,
también
cerveza. Caminar entre esos autos es como estar en una feria donde cada
vendedor te aturde con un megáfono. Las latas y botellas van
al río.
Enfrente,
a pocos pasos, los encargados de una disco vacía ven pasar
las pequeñas
multitudes con sus viandas hacia la costa pero esperan pacientes:
después la prefectura los corre y a las 2 o 3 de la
madrugada van como
ganado resignado al matadero discoteque. Pero ese no es el
único
problema de los dueños de la disco del puerto. Denuncian a
la
competencia, un boliche al que acusan de haber conseguido la
habilitación de forma corrupta, de tener techo de paja; de
no poseer
aislantes acústicos, que entra más gente de lo
que su capacidad
permite. La falta de aislante es fácilmente comprobable: la
música
retumba en el río, los escasos peces que allí
moran pasan la noche en
vela.Los jóvenes de La Paz que quieren una carrera, un mundo
laboral
distinto al de la pesca, el campo y la artesanía cruzan el
río o las
fronteras para estudiar en Buenos Aires, Paraná, Santa Fe,
Corrientes y
otros comienzan a cursar carreras virtuales desde sus casas. La
emoción
en el pueblo tiene sus límites. La moto se
transformó en medio y en
objetivo. En movimiento, estacionadas o en venta, adornan con buen o
mal gusto la ciudad.
Muchos de estos jóvenes no sólo se van a
otras ciudades sino que también cruzan el océano.
Irma Echeverría,
farmacéutica, hacedora de varias empresas como la de las
Galas del Río
dibuja en el aire la cifra de 50 jóvenes de La Paz que se
fueron a
Europa a probar suerte como el caso de Ezequiel Spucches. Algunos
parientes que han ido a visitarlos han quedado en Barajas y sufrieron
la discriminación que Europa tiene para con algunos
argentinos y
latinoamericanos en general.
Desde Europa llegó el 50% del
dinero necesario para realizar las Galas. Mandaban de a 50 euros.
Declaración de principios y autobiografía de
Irma: “Fui la recitadora
del pueblo, acto que había me llamaban para decir
poesías. Nunca tuve
paciencia para pescar, para estar sentada con una piolita; de joven
remaba y nadaba, pero ahora, no. hace 40 años que no nado.
Todo cambió.
El río, la gente, las costumbres, el respeto, el buen hablar
de la
gente. Tengo 62 años, se me enrulan los pelos cuando voy a
Buenos Aires
y un jovencito me dice
¿¿¿‘qué
querés???’”.
Es domingo por la
mañana, Irma durmió unas 3 o 4 horas y ya
está preparando pedidos en su
farmacia antes de volver a dedicarse al programa cultural que la tiene
apasionada y obsesionada. Va a cerrar el negocio cuando llega Horacio
Martínez, secretario de Cultura de La Paz a visitarla, a
invitarme la
modesta feria del libro local y a entregarme en libro y en palabras un
relato apasionante del siglo pasado que aún no ha concluido
y que tuvo
como protagonistas a hombres de apellido Kennedy.
Esa historia
no descansa en paz. No descansan en paz los muertos que en el
cementerio del pueblo están debajo de un monolito ni
descansan en paz
los de la familia Kennedy que aún hoy suscitan grandes
polémicas
respecto de si ocuparon el papel de héroes u oportunistas.
Hay quienes
los califican de asesinos. El asunto fue así. Más
o menos. En 1932 (sí,
nos referimos a algo ocurrido hace 77 años), bajo el
gobierno originado
en el primer golpe de Estado en la Argentina que derrocó a
Hipólito
Yrigoyen, se produjo un intento de revolución que
pretendía volver a la
vida democrática. A fines de 1931 se había
elegido fraudulentamente a
Agustín Justo como presidente. Entonces se gesta un
movimiento armado
para impedir su asunción. Pero la falta de comunicaciones
impidió que
en La Paz, los conjurados se enteraran de que la revuelta se
había
suspendido. El 3 de enero 1932 a las 3 de la madrugada se
lanzó el
ataque. De unos 60 hombres confabulados, 16 entraron al pueblo y
participaron de la toma de la comisaría, el
telégrafo y el banco. Allí
estaban tres de los once hermanos Kennedy que años
después iban a
reivindicar como pariente al presidente asesinado en EE.UU., JFK.
Revólver y máuser en puño, se
adueñaron de la comisaría y en la
operación mueren el comisario y tres agentes. Aún
hoy se discute si
murieron combatiendo o si recibieron los disparos mientras
dormían. El
gobierno nacional no tardó en responder. Envío
soldados de las tres
fuerzas a detener a los rebeldes. El movimiento se dispersó
y los tres
hermanos Kennedy, expertos tiradores, se ocultaron en el monte y
comenzaron la huida rumbo al Uruguay. Fueron perseguidos y
protagonizaron un tiroteo en un lugar llamado El Quebrachal, cercano a
Puerto Algarrobo. La puntería del clan familiar detuvo a sus
perseguidores cuando sus balas mataron a cuatro policías y
al empleado
municipal Lucio Sandoval, agregado al grupo por ser un experto tirador.
Al “chino” Horacio Martínez se le llenan
los ojos de lágrimas cada vez
que habla de la gesta de los Kennedy. Está hablando de la
historia de
los héroes recuperada en los 80 con el regreso de la
democracia. El
“chino” se emociona. Pero no les pasa lo mismo a
otros vecinos del
lugar cuando escuchan esta historia porque dicen tener otra
versión. La
que asegura que los Kennedy tomaron el banco para destruir los
documentos referidos a sus enormes deudas por préstamos
bancarios. La
pasión está intacta, la cultura viva en una
ciudad llamada La Paz. No
es cuento.
|